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jueves, 9 de febrero de 2017

Aquel que nunca supo nuestros nombres (redescubriéndome)

Aún recuerdo cuando tus tristes palabras
apagaron el fuego, 
y agotaron nuestro vino.
Fría y sedienta, 
no supe qué decir...
La amarga sorpresa me mantuvo inmóvil 
al calor tenue de las brasas. 

A ti te crecieron las alas. 
Y volando buscaste abrigo 
donde yo no pude alcanzarte. 
En algún remoto lugar,
refrescaste tu garganta con néctares 
de sabores a amores nuevos y olvido. 

Vuelves ahora, con la primavera.
Llevas un atizador en la mano, 
con él pretendes reavivar las escasas brasas 
de mi hoguera muda. 

No consigues mas que remover cenizas
que también cubren botellas vacías.
¿Recuerdas el día que las intenté llenar con mi saliva,
incluso me corté el labio,
para que manara sangre
y creyeras que era vino?

Por mi parte, he decidido abrir puertas y ventanas,
una brisa fresca
aireará todas las estancias
donde, tal vez, hubo un "tú y yo". 
Porque ahora sé, 
que aunque no estés, 
se seguirán sucediendo las estaciones.

También aprendí, 
durante tu ausencia,
que las flores jamás pierden su efímera belleza, 
ni los pájaros dejan de cantar, 
ni la verde hierba del prado pierde su brillo.
Y que siempre encontraré cobijo
bajo aquel árbol 
que nunca supo nuestros nombres. 



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